
Apareciste el sábado muy temprano, después de varios años de no verte por aquí, -no sé cuantos, perdí la cuenta-, con semblante desencajado, tal vez por el cansancio del viaje. Nos saludamos como si el tiempo no hubiera pasado por nosotros, con la misma efusividad de antaño, como cuando niños. Platicamos un poco, solo un poco; del trabajo, la familia, sobre el tiempo que no venías por este lugar, pero nunca hablamos sobre la muerte, no era asunto nuestro, eramos muy jóvenes, teniamos la vida por delante, eso suponiamos.
Permanecimos afuera del hospital por varias horas; una notable pena nos ocupaba. Fue un fin de semana muy angustiante, debió serlo más para tí.
El domingo por la tarde nos despedimos, yo tenía que volver a la cotidianidad, a tí te tocaba hacerlo dos días después, te abracé y te deseé suerte en el regreso. -sabía que pronto nos volveriamos a ver-
Una mañana, cuatro meses despúes de aquel encuentro, mi madre me avisaba que en otro hospital, lejos de aquí, te debatías entre la vida y la muerte. Aquel regreso nunca se dió, mi intuición había fallado una vez más...
In memoriam
José Antonio Martínez Hernández. (+)





























































